El cocodrilo abrió su boca y devoró
bocado a bocado
las últimas máscaras de sus prejuicios.
Con su bonita comida
construyó un templo
en el que él mismo
se entregaba en sacrificio cada medianoche.
Desde aquél día, dejó a un lado los limones.
Ahora intenta encontrar el rasgo que traza detrás de nuestra acostumbrada mirada
a lo fotográfico.
Si no es por eso, será por otra cosa.
¿Más allá de los cocodrilos = Las bodas en el desierto del octavo océano?

